El 12 de marzo de 1898, el industrial chocolatero Antoni Amatller Costa (1851-1910), compró una finca de 1.415 m2, en el número 101 (después 41) del Paseo de Gracia de Barcelona, consistente en una casa de planta baja y cuatro pisos y un jardín de poco más de 800 m2. Pagó 490.000 pesetas. Era un edificio construido en 1875 bajo la dirección del maestro de obras Antoni Robert, siguiendo las pautas marcadas en el plan Cerdà. En el Archivo Municipal Administrativo se conserva un dibujo de Antoni Robert con el alzado de la fachada, de composición simétrica clásica, con acceso central y dos locales comerciales a lado y lado, y cuatro balcones en cada piso. Según este proyecto el inmueble constaba de planta baja y tres pisos, pero en el momento de la construcción se añadiría un cuarto, que tuvo que ser legalizado finalmente por Antoni Amatller.


Antoni Amatller encargó la remodelación del edificio que había comprado, para convertirlo en su residencia, a Josep Puig i Cadafalch (1867-1956). Formado en la época de la Renaixença, el arquitecto, político y historiador del arte tenía una particular concepción arquitectónica. En sus escritos explica que Catalunya era un país que había estado una de las potencias del Mediterráneo medieval y que, habiendo pasado por algunos siglos de decadencia, había recuperado su potencia económica a lo largo del siglo XIX gracias a la industrialización. El país necesitaba proyectar una nueva imagen, mediante una arquitectura moderna moderna (de aquí vendría el Modernismo) que pusiera de manifiesto el empuje recuperado de la sociedad catalana; una arquitectura evocadora de las glorias del pasado, tomando como base las artes tradicionales para adaptarlas a los nuevos materiales y a las nuevas necesidades. Para conseguirlo era imprescindible contar con la colaboración de los talleres artesanales que, resucitados y fortalecidos por el renacimiento literario y histórico, conformaban el colectivo capaz de convertir los proyectos de los arquitectos en realidad. Participaban, así, en las tendencias más innovadoras que estaban transformando las capitales europeas.

La intervención de Puig i Cadafalch dio lugar a una transformación radical del edificio, que comportó
  • El derribo y recomposición de la fachada,
  • la construcción de un estudio fotográfico en la azotea,
  • reestructuración y redecoración de la planta baja (incluyendo la escalera principal),
  • cambios substanciales en la distribución y redecoración integral del piso principal,
  • la incorporación de un ascensor eléctrico y la instalación de una plataforma giratoria para el automóvil del propietario y
  • la rehabilitación de cocinas y cuartos de baño de todas las viviendas

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